jueves, 17 de mayo de 2012

Happyshifters. Cambiar para que nada siga igual




Opinan algunos pensadores que el miedo nos impide ser felices. El miedo paraliza y atemoriza. Nos vacía de inteligencia. Convierte la vida en una simple y aburrida carrera de obstáculos hacia la pura supervivencia. Sin aditivos, conservantes ni colorantes. Vivir con el automático puesto. No voy a ponerme dramática, pero lo cierto es que el miedo nos convierte en tristes “plomos”, frente a ligerísimos “corchos” capaces de flotar sobre cualquier circunstancia. No hablaremos aquí de las personalidades plomizas o acolchadas, sino de una serie de personas que decidieron dejar atrás el miedo para tomar el control (razonablemente posible) de sus vidas. Y resulta que en esa toma de control, el trabajo es una parte esencial de la existencia.

Esta revolución tranquila se llama happyshifting (algo así como “cambio feliz”) y los happyshifters son sus aliados. Un happyshifter es un profesional que prioriza la felicidad en el empleo frente a las meras condiciones profesionales. La estabilidad o la retribución económica no son suficientes si no vienen acompañadas de un buen ambiente laboral, un grado alto de compañerismo y comodidad, y una cierta autonomía. Les importa más todo eso que un salario abultado. Y si no lo encuentran, cambian de ocupación. Parece frívolo en este contexto de paro generalizado y no estoy segura de que no lo sea del todo, pero hay algo estupendo en esto del “cambio feliz”. Lo estupendo es el convencimiento pleno de que podemos cambiar y mejorar de una manera optimista. Cambiar para que nada siga igual.

Los creadores del concepto happyshifting son Daniel Lyons y Montse Ventosa, fundadores de la consultora de  Recursos Humanos Sticky Culture. Fueron los primeros en detectar hace apenas tres años que los valores profesionales estaban transformándose a pasos agigantados. Hasta hace poco, lo más valorado era una larga trayectoria profesional en la misma empresa. Con la crisis, puesto que apenas quedan corporaciones-refugio en las que capear el temporal, las personas intentan, al menos, seguir su propia vocación y no permanecer en un trabajo que les genera infelicidad. ¿Qué personas? Fundamentalmente la Generación Y, los nacidos entre 1982 y 2002. Los veteranos de esta generación andan en torno a los 30 años, son casi nativos digitales y resultan muy diferentes a la camada inmediatamente anterior, la Generación Perdida, marcada por la apatía y el desinterés hacia un mundo, en su opinión, complejo y hostil.

Es muy posible que vivamos rodeados de happyshifters o que seamos incluso uno de ellos sin  que lo sepamos. Los agitadores, aquellos que movilizan a otros gracias a su capacidad intelectual, pueden ser happyshifters. Los experimentadores, los que se arriesgan y prueban cosas nuevas, seguramente también; incluso algunos empleados parásitos, aquellos que no hacen nada la mayor parte del tiempo, pueden influir positivamente en el rumbo de la empresa cuando toman conciencia de sus aspiraciones. Pero no son los únicos. El deseo de mejora, de bienestar y felicidad es inherente a la condición humana, “sólo” tenemos que averiguar cómo alcanzarlo. Personalmente, me quedo con el método de Elsa Punset, una mezcla de pasión, confianza y disfrute del presente. Ella lo llama “Inocencia radical”, una capacidad innata para transformar y transformarnos, logrando que la creatividad y la energía fluyan en los espacios en los que vivimos. Incluido el trabajo. Ya veis que me he convertido en uno más. ¿No os decía que estamos rodeados de happyshifters?



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viernes, 11 de mayo de 2012

Blanqueos de imagen



La solidaridad vende, lo eco da prestigio, la buena voluntad vence las mayores resistencias. La última herramienta del marketing es la bondad en cualquiera de sus declinaciones, por eso la mayoría de las empresas intentan fomentar su buena imagen al margen del negocio. La Responsabilidad Social Corporativa  (RSC) vive su momento de gloria. Pero ¿es real o se trata de una estrategia cosmética? Para la mayoría de las empresas, la RSC es un informe anual al que necesitan dotar de algún contenido que revierta en esa buena imagen. Dicho de otra manera: se destinan más recursos a hacer el informe que a la propia campaña de Responsabilidad. Sin embargo, esta manera superficial de entender la RSC tiene los días contados. Consumidores y grupos de interés ya no se conforman con unos gramos de información sesgada. Son críticos, tienen capacidad para influir en su entorno y exigen transparencia. Demandan más cambios efectivos y reales y menos blanqueos de imagen. Estos blanqueamientos no funcionan nunca y son los peores enemigos de la buena reputación a la que toda empresa aspira.

La buena reputación es la mezcla de un presente bueno y un futuro aún mejor. Pero el pasado cuenta; la incoherencia desde el punto de vista de la imagen corporativa se paga muy cara. No es una cuestión de eficiencia, sino de honestidad, pasión y actitud 2.0. La buena reputación se gana a pulso y puede destruirse en minutos. Por ejemplo, lo que tarda una red social o un medio de comunicación en revelar comportamientos poco ejemplares o agujeros negros de euros, por poner dos casos recientes.

Lo novedoso aquí no es sólo la necesidad de transparencia, sino el desarrollo de todo un ecosistema dispuesto a verificar el comportamiento de empresas e instituciones. Los primeros habitantes de este ecosistema son las redes sociales. Facebook, Twitter y otras plataformas hacen posible que cualquier persona se convierta en un agente de cambio social con un simple clic. Los segundos son los propios gobiernos y organismos oficiales; la presión social les está obligando a formular una legislación estricta sobre el impacto de su actuación como organizaciones sociales. Pero lo más interesante es el nacimiento de varias webs vigías. Una de las más importantes es GoodGuide, una página que clasifica los productos en base a criterios de calidad y de impacto medioambiental. Su aplicación para móviles permite a los consumidores tener información inmediata para “encontrar productos seguros, sanos y sostenibles”, según afirma la web. En el vídeo que incluimos veréis cómo funciona.  Más combativos se muestran medios digitales como Rainforest Action Network; su misión es conseguir que las compañías encuentren el equilibrio entre beneficios económicos y valor social, mostrando que es posible, literalmente, “ganar dinero haciendo el bien”. Por cierto, si entráis en el link y veis la noticia de portada, os daréis de bruces con una manifestación transcurrida hace apenas dos días en la Junta de Accionistas de Bank of America en Charlotte (Carolina del Norte). El titular dice así: "Cientos de manifestantes toman las calles para denunciar el deterioro medioambiental y económico producido por las prácticas de Bank of America". Y eso sin nacionalizaciones de por medio, pérdidas de valor y escándalos de gestión.

Sobre lo de ganar dinero haciendo el bien andan empresas de primera categoría. Saben que no se trata de pasarle una manita de photoshop a la imagen de la empresa, sino de crear valor para la comunidad. También saben que es esencial ser transparentes y difundir esa transparencia convirtiendo datos, en principio muy complejos, en noticias atractivas, la llamada información “pluma”. Ligeras como plumas o sólidas como yunques, las credenciales transparentes también son educativas: hacen que el consumidor sepa qué debe esperar de empresas e instituciones y ejercen presión sobre las corporaciones de la vieja escuela, esas que sólo rendían cuentas a sus accionistas, y porque no había más remedio…

  
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jueves, 3 de mayo de 2012

Karmas envenenados. La sociedad de la empatía




Es curioso cómo el lenguaje puede ayudarnos en momentos de confusión monumental. Momentos en los que algo que parecía seguro se esfuma; por ejemplo, un Real Madrid y un Barça perdiendo en las semifinales de la Champions. Hay otros momentos igualmente confusos, momentos en los que las fronteras entre lo que es bueno para uno no parece bueno para el otro. Momentos en que uno cree o hacen que crea que sus necesidades son distintas a las de la persona de al lado. Momentos de recortes cruciales. Momentos, en definitiva, de individualidad supina. Siempre que ando en este tipo de confusiones acudo al diccionario. Busco en el de la RAE la palabra “empatía” y encuentro esta definición: “Identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro”. La pregunta es inevitable, ¿si tuviéramos la mínima capacidad de ponernos en la piel del otro, no mejoraríamos todos? Formulada de manera inocente, de esta cuestión pende la Tercera Revolución Industrial.

La sociedad de la empatía se perfila como el único escenario posible para un nuevo modelo vital que, según algunos pensadores, desembocaría en esta Tercera Revolución. El concepto comenzó a acuñarse tras el descubrimiento de las neuronas espejo, una parte de la anatomía del cerebro de los humanos y de algunos primates (por ahora) que nos permite conocer las acciones de los otros y las motivaciones más profundas que las generan. Esta facultad innata para la comprensión y la interacción, unida a la globalización de las nuevas tecnologías, se convierte en una auténtica autopista hacia entornos colaborativos. Pero no basta con el mero funcionamiento de las neuronas espejo. Hace falta una voluntad de transformación de modelos unida a otras importantísimas variables: la tecnología, la cultura del conocimiento y las energías renovables. La tecnología propicia la expansión del conocimiento y de las relaciones personales. La cultura del conocimiento se hace colaborativa por el convencimiento de que la peor inteligencia colectiva es muy superior a la mejor inteligencia individual. Por último, el acceso a las energías renovables y su redistribución acabarán diseñando un mapa de la riqueza más justo y más limpio. El economista Jeremy Rifkin, principal impulsor de este movimiento, lo plantea de manera clara en “La civilización empática”. “Hoy en día, las tecnologías de la información y las comunicaciones que inauguraron la era de Internet se están utilizando para reconfigurar las redes energéticas del planeta, permitiendo a millones de personas recolectar y producir su propia energía renovable en hogares, oficinas, grandes almacenes, fábricas y parques tecnológicos y compartirla de un extremo a otro a través de redes inteligentes, exactamente igual que producen y comparten su información en el ciberespacio”. Rifkin, en definitiva, apuesta por un desarrollo local para impulsar el cambio a nivel global.

Paradójicamente, lo más complejo de la sociedad empática es el factor humano. El cambio de actitud de una época individual a otra colectiva es un viaje largo y solitario al que, poco a poco, comienzan a incorporarse nuevos seguidores. De hecho, es posible que los adultos de ahora seamos más empáticos que las generaciones anteriores porque la empatía es una consecuencia adaptativa a un mundo globalizado. La tendencia llevada a su máximo desarrollo por internet y las redes sociales es traspasar las barreras de raza, género, religión, cultura y nacionalidad para buscar nuevos contactos y nuevas posibilidades de desarrollo alrededor del mundo. Aplicada a la empresa, la civilización empática se traduce en el reciente auge de la Responsabilidad Social Corporativa, el compromiso con la comunidad y la transparencia informativa. No es sólo un titular; en el último ránking de las 100 empresas españolas con mejor reputación cuentan tanto los criterios de ética y RSC como los puramente comerciales o financieros. Son pequeños pasos en la buena dirección. En la sociedad de la empatía no sólo hay que aparentar ser bueno, sino serlo. Tener un karma limpio de venenos. Nueva incursión en el diccionario. ¿Cómo definir un “karma venenoso”? Seguramente es la “energía nociva derivada de los actos capaz de causar daño”. Eso lo explica todo. Pensemos en la suerte de los equipos españoles durante la última Champions. ¿No es un simple intercambio de karmas envenenados?

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jueves, 26 de abril de 2012

Conocimiento aplicado

Hay aplicaciones para móviles, tabletas, aparatos de televisión, navegadores, coches, e incluso aplicaciones para aplicaciones. Por el momento, nos descargamos a buen ritmo y casi siempre gratis la mayoría de las aplicaciones que nos ofertan. ¿Hasta cuándo? Con más de medio millón de apps disponibles sólo en Apple, ¿estamos ante un mercado saturado? La respuesta es ambigua, con datos tibiamente positivos y algunos demoledores. Según un estudio de Pew Research Center y American Life Project, los consumidores terminan borrando entre el 80 y el 90% de las aplicaciones que se descargan. Para evitarlo, las compañías que elaboran contenidos para los operadores dirigen sus esfuerzos en detectar qué campos ofrecen mayores garantías de permanencia; entre ellos, la educación infantil se perfila como el más resistente. Padres y madres están dispuestos a compartir con sus cachorros su parque tecnológico si los niños reciben, jugando, dosis extras de formación. Es el sueño de todo padre y el cumplimiento de un deseo común entre los educadores, el venerable “enseñar y deleitar” de la retórica latina.


Del Imperio Romano a nuestros días, muchos han intentado instruir divirtiendo con distinta suerte. Aquí sólo nos fijaremos en algunas historias de éxito a cargo de las Nuevas Tecnologías. Apple lo ha visto claro con un enorme arsenal de aplicaciones educativas para iPad, iPhone y iPod Touch. Aprender con cualquiera de estos dispositivos supone entrar en una nueva dimensión didáctica. Las apps para el iPad amplían las posibilidades de aprendizaje tanto dentro como fuera de las aulas. Hay para todos los gustos, desde clases interactivas hasta actividades de refuerzo y herramientas ofimáticas, además de contenidos más clásicos, como lenguaje, matemáticas, historia o química. Las mismas aplicaciones están disponibles para iPhone y el iPod Touch, con idénticas ventajas. Ligeros, transportables y con gran capacidad para almacenar datos, estos dispositivos permiten aprender en cualquier lugar y a cualquier momento. Como resultado, se fomentan aspectos básicos en el desarrollo del conocimiento, como la curiosidad intelectual, la creatividad y el acceso a una gran cantidad de información. El aula física deja paso al aula virtual, un cambio de espacio que también incluye un cambio en los contenidos, fomentando sus aspectos más lúdicos. Así, divertidas y cercanas, se presentan Las aventuras de Don Quijote de La Mancha, la aplicación de iTunes para iPad que presenta de manera interactiva este clásico de la literatura hispana. Junto al Ingenioso Hidalgo, comparten aplicaciones  El mago de Oz, Tarzán, El Principito y muchos cuentos clásicos.

Aplicaciones parecidas existen también en otros dispositivos, como los smartphones. La tendencia apunta a que, contrariamente a otros sectores, el mercado de apps educativas será multiplataforma y/o se expanderá en proporción al desarrollo de nuevos gadgets tecnológicos; pero falta algún criterio que dé sentido a una oferta creciente. Una de las primeras empresas en llenar este espacio es KinderTown. Especializada en encontrar y organizar temáticamente las mejores aplicaciones educacionales para niños entre 3 y 6 años, su objetivo es mejorar la educación a edades tempranas y promover la implicación de los padres en el aprendizaje de sus hijos. En el equipo de KinderTown figuran varios educadores, encargados de testar las aplicaciones y de crear una comunidad con padres y profesores para seleccionar las mejores propuestas según un estricto control de calidad que incluye factores como valor educativo, facilidad de uso, fomento de valores sociales, buen diseño, bajo coste y tiempo de vida útil. Para los responsables de KinderTown, las aplicaciones educativas no son un juego de niños. Como muestra, este vídeo de Youtube; en él brillan las posibilidades del  mundo iPad, y, por encima de eso, el enorme potencial del conocimiento aplicado.


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jueves, 19 de abril de 2012

Los hackers de la moda




Lo tenemos claro. En Singulares y Plurales nos encanta la ropa y disfrutamos de un trapo como otros de un Nadal en pleno Wimbledon. Y no somos los únicos. Por esta afición natural que anida entre los consumidores, la moda se ha convertido en un negocio gigante que en España ha dado lugar a auténticos imperios textiles. Sin embargo, el sector, que se alimenta precisamente de las últimas tendencias culturales y sociales, parece desconectarse de los temas claves de nuestro tiempo: el consumo desmedido, la pobreza y el medioambiente. Obsesionada con triunfar, la moda ha sido uno de las primeras industrias en deslocalizarse hacia países con mano de obra barata, reforzando las desigualdades, abusando de los recursos naturales y generando residuos difícilmente reciclables.

Frente a este modelo de gestión, están surgiendo pequeñas iniciativas de cambio, algunas fundamentalmente estéticas y otras de mayor calado social. Entre las primeras, está el eco-chic, más una tendencia estilística que una alternativa real. El eco chic propone una apariencia de naturalidad de las fibras que no siempre es real. Muchas de ellas proceden de cultivos tratados químicamente o sometidos a procesos de fabricación irrespetuosos con la naturaleza.

Mucho más complejo se presenta el hacktivismo o hackeado de moda, un proceso colaborativo para compartir ideas con el objetivo de despertar la creatividad y decodificar la moda. El autor del concepto es Otto von Busch, artista, teórico de la moda y diseñador sueco. Para él, el hacktivismo “es un aprendizaje colectivo en el que una comunidad comparte sus métodos y experiencias sobre cómo cambiar radicalmente el entramado de la moda”. Las herramientas para este cambio radical se llaman compromiso, resistencia creativa y práctica DIY, “do it yourself”, versión comprometida del “hágalo usted mismo”. Pese a la relación con el término “hackers”, el hacktivismo no es anti-moda ni anti-sistema. El objetivo es desprogramar la moda para crear nuevos productos en los que se valora la creatividad,  los materiales utilizados y los tiempos de trabajo. Los hackers de la moda responden a una conciencia ética sobre el consumo y no se declaran en contra de ella, pero sí son críticos con su industria y utilizan métodos alternativos para cambiarla. Para ellos, la moda tiene sentido en una sociedad que huye de los consumos pasivos y masivos, que reconoce el valor de los objetos hechos de manera sostenible y a pequeña escala. No hay artistas inaccesibles y divinos, sino coautores de tendencias; la otra parte de la autoría corresponde a la comunidad.

Los hacktivistas están organizados ya en talleres como Hacking-Couture, y en España el grupo de trabajo Feedback Look, que sigue las premisas del “Hazlo tú mismo” y “Hazlo con otros”, además de promover una visión de la moda basada en el intercambio, el reciclaje, la reparación, y la localización. Junto a ellos conviven Edufashion y Ecoalf, dos iniciativas de distinto tipo unidas por la sostenibilidad. Edufashion es una plataforma colaborativa para la creación de moda que pretende conectar a grupos e individuos para que puedan formar empresas pequeñas y sostenibles, reunidas bajo una marca “abierta” (o lo que es lo mismo, la reinterpretación libre de muchas marcas) cuyos beneficios puedan compartir.

Ecoalf es una empresa española preocupada por el diseño sostenible. Creada en 2007 la compañía se apoya en cuatro ideas: innovación, sostenibilidad, calidad y diseño. Su concepto de la moda es inédito; creen que el lujo es hacer un buen diseño sin comprometer el medioambiente. En su filosofía, la sostenibilidad comienza por el propio diseño del producto y así lo demuestran parkas, deportivas, mochilas y otros complementos producidos a través del reciclaje de redes de pesca y botellas de plástico. El mensaje de su vídeo corporativo es contundente: el reciclado de PET consigue un 20% de ahorro de agua, un 50% de ahorro de energía y un 60% menos de polución atmosférica, tres datos que animan –y casi obligan- a seguir la corriente de la sostenibilidad. 

Ecoalf. Reciclado de redes.

 Ecoalf. Reciclado de PET.

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jueves, 12 de abril de 2012

Los mapas de la felicidad



Un subidón de bienestar…  Así ha sido el II Congreso Internacional sobre la Felicidad organizado por el Instituto Coca Cola. Dirigido por Eduardo Punset, el congreso ha contado con especialistas tan prestigiosos como el psiquiatra Luis Rojas Marcos y el coach y experto en liderazgo Mario Alonso Puig, entre otros. Pero la presencia que quizás ha captado más la atención de los medios es la del hombre más feliz de la Tierra. La credencial pertenece al francés Matthieu Ricard y se la otorgó la Universidad de Wisconsin después de varios años de estudios neurológicos con Ricard de conejillo de indias. La felicidad es un estado espiritual, pero también una cuestión científica que se puede medir con técnicas de imagen que muestran la actividad cerebral. La de Ricard es armónica, elegante y alegre, una especie de fitness mental logrado tras años de meditación junto al Dalai Lama, de quien es asesor y traductor al francés.

Ricard es un atleta de la felicidad, pero, sobre todo, es un hombre compasivo que no duda en compartir su fórmula mágica, una combinación de alegría individual y felicidad colectiva. O dicho de otro modo (arrimando el ascua a este blog): alegres en singular y felices en plural.

La certeza de que la felicidad no es asunto de uno solo comenzó hace unos años en el ámbito académico. Universidades como Harvard empezaron a introducir entre sus alumnos la idea de que estaban siendo educados para acceder a una vida plenamente satisfactoria no sólo para ellos, sino también para el resto del mundo. El reto estaba –y está- en diseñar la manera de convertir en realidad el deseo de bienestar individual y colectivo. Organizaciones políticas y sociales iniciaron también este camino, fascinados por la experiencia de Bután, el único país del mundo que mide la Felicidad Interior Bruta (con el resultado de pasar de la Edad Media a la Contemporánea en apenas unos años). Muy pronto, los países desarrollados comprobaron que los indicadores económicos no bastaban para describir el nivel de bienestar y que, además, medir el estado de un país en términos puramente económicos tenía efectos perversos: si sólo se medían aspectos económicos, sólo podían acometerse medidas económicas. Necesitábamos algo que diera sentido a las cifras.

Ese “algo” fue el primer mapa mundial de la felicidad de Adrian White, psicólogo analítico social de la Universidad de Leicester. White analizó datos publicados por la UNESCO, la Organización Mundial de la Salud  y otras instituciones para crear una proyección global de la felicidad. La macroencuesta constató la idea preconcebida de que una buena oferta sanitaria, un PIB alto y un buen acceso a la educación daban como resultado ciudadanos más felices. Dinamarca, Suiza y Austria copaban, de hecho, los tres primeros puestos del ránking. En posiciones más bajas de la tabla, compuesta por 178 registros, aparecen España, en el número 62, y Japón, en el 90, dos países del G20 antiguamente competitivos y, por lo que se ve, algo infelices.

Sin embargo, algo está cambiando. Los mapas de la felicidad o el Congreso de Coca Cola son muestras de que queremos y necesitamos sentirnos bien con nosotros mismos y con los demás. La cartografía de Adrian White es una importantísima radiografía del bienestar que ayuda a la sociedad a tomar decisiones. Por su parte, iniciativas como la de Coca Cola nos recuerdan que ser felices es un estado voluntario que podemos aprender a ejercitar. Aún hay algo más, la felicidad comienza a ser un objetivo prioritario en la búsqueda de la prosperidad perdida. Así lo ve Jeffrey Sachs, uno de los economistas más respetados del mundo, en El precio de la civilización, su nuevo libro, que llegará a España en mayo. La última meta de un ambicioso plan de objetivos propuesto para el periodo 2010-2020 es precisamente aumentar la felicidad de los ciudadanos. En sus propias palabras:

“La felicidad debería verse como el objetivo último de la sociedad: conseguir un mayor nivel de satisfacción en la vida de las generaciones actuales y futuras. Por eso, necesitamos mejores mediciones de lo que refuerza el nivel de satisfacción en la vida, que vayan más allá de los meros ingresos del mercado y que incluyan el ocio, una buena sanidad, un entorno seguro, y justicia y confianza en la sociedad”. Con estas pautas deberíamos empezar a trazar los mapas de nuestra felicidad. ¿Somos de verdad felices? ¿Qué nos falta? ¿A quién hacemos falta?

Y tú ¿vas a unirte a la búsqueda? ¿Te atreves a ser feliz?


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miércoles, 4 de abril de 2012

Hablemos el mismo idioma (II)



Nueva remesa de tendencias de estilo de vida. La idea es explorar aquellas tendencias más significativas, las que van adquiriendo peso y tienen pinta de convertirse en patrones o modelos duraderos. Nuestro olfato nos dice que vamos a convivir con ellas durante mucho tiempo… Quizá es que no estamos en época de cambios, sino en un cambio de época… Sin más preámbulos, aquí están…

· Domesticar el azar. Un deseo universal, reformulado una y otra vez a lo largo de los tiempos, que ahora puede ser real con ayuda de la tecnología. Cada vez compartimos más nuestro mundo interior con otras personas. Nos acercamos a los demás y, al tiempo, nos exponemos, perdemos el control de nuestras experiencias porque pasan a ser compartidas por otros, que a su vez, las comparten con otros en una secuencia interminable… Paradójicamente, este cotilleo exponencial no está del todo mal. La tendencia consiste precisamente en favorecer el azar, el descubrimiento, la pluralidad y la inspiración. Por ahí van todas las redes sociales y también nuevos productos, como  Airtime, una plataforma de video-chat en tiempo real en la que perfectos desconocidos exponen lo que quieran contar. Son story-tellers con un solo propósito: dar con las personas adecuadas, las inspiradoras o simplemente las que disponen del conocimiento que necesitamos.

· Alimentos y objetos con eco-conciencia. El impacto ambiental producido por los alimentos y objetos que consumimos será un asunto de máxima importancia entre los grupos de interés: marcas, consumidores, gobiernos y grupos activistas. Todos tomarán conciencia de qué clase de productos se comercializan y cómo se producen. En este asunto, las diferencias entre el mundo desarrollado y en vías de desarrollo se ponen otra vez de manifiesto. Respecto a la alimentación, mientras algunas regiones se enfrentan a la escasez de comida, otra parte se organiza para crear un eco-código estable que paute las buenas prácticas en la producción de alimentos. En cuanto a los objetos mondos y lirondos, con mayor frecuencia las marcas recuperarán todos sus productos para el reciclaje; en muchos casos, dirigidas por nuevas leyes que les obligarán a reciclar de manera responsable e innovadora. Es el caso de Nike con su programa Reuse a shoe, que recoge y recicla zapatillas usadas. Los productos usados se laminan y se convierten en un nuevo material, llamado Nike Grind, utilizado como suelo en colegios e instalaciones deportivas, además de otros productos Nike.

· Pantallas amigas. Y no nos referimos a ninguna televisión. Las superficies planas están convirtiéndose en pantallas que empiezan a interactuar con los usuarios. Las tocamos, les dedicamos algún gesto, y muy pronto empezaremos a hablarlas. Y ellas, a escucharnos. Bien aprovechada por las marcas, esta tendencia es dinamita para crear nuevos hábitos de consumo. En Estados Unidos, los grandes almacenes Barney’s han instalado en su restaurante 30 pantallas individuales para que los comensales puedan hacer su pedido digitalmente, y, además, mirar el catálogo de los almacenes y comprar lo que deseen. Los city-sumers o “consumidores de ciudad” tienen un nuevo espacio al que arrimar su tarjeta bancaria.

· Chollos 2.0. Los consumidores no sólo seguirán buscando ofertas y descuentos, sino que estarán encantados de hacerse con las mejores oportunidades. Es la chollo-cultura en todo su esplendor. Etiquetas aparte, se trata de convertirse en microemprendedores de la vida cotidiana y obtener un beneficio en forma de ahorro. ¿Y por qué no? Encontrar buenas ofertas es divertido, nos hace recuperar el control sobre nuestras finanzas y hasta nos hace aparecer más inteligentes. En definitiva, subidón de prestigio social.

. Salud 3.0. Hace muy poco hablábamos de este mismo tema en otro post. La prevención y el estancamiento en la pirámide de población, en la que los jóvenes tardan más en acceder a la madurez y los maduros se mantienen jóvenes durante más tiempo, da lugar a nuevos nichos en el negocio de la salud: nuevas tecnologías y nuevas aplicaciones que nos permiten seguir y gestionar nuestro estado de salud de manera discreta y continua. En estos casos, los pacientes llevan la voz cantante y demandarán nuevos servicios, alejados del dúo enfermo-médico. No sólo queremos superar enfermedades, sino ser nosotros, pero mejores...

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