jueves, 12 de abril de 2012

Los mapas de la felicidad



Un subidón de bienestar…  Así ha sido el II Congreso Internacional sobre la Felicidad organizado por el Instituto Coca Cola. Dirigido por Eduardo Punset, el congreso ha contado con especialistas tan prestigiosos como el psiquiatra Luis Rojas Marcos y el coach y experto en liderazgo Mario Alonso Puig, entre otros. Pero la presencia que quizás ha captado más la atención de los medios es la del hombre más feliz de la Tierra. La credencial pertenece al francés Matthieu Ricard y se la otorgó la Universidad de Wisconsin después de varios años de estudios neurológicos con Ricard de conejillo de indias. La felicidad es un estado espiritual, pero también una cuestión científica que se puede medir con técnicas de imagen que muestran la actividad cerebral. La de Ricard es armónica, elegante y alegre, una especie de fitness mental logrado tras años de meditación junto al Dalai Lama, de quien es asesor y traductor al francés.

Ricard es un atleta de la felicidad, pero, sobre todo, es un hombre compasivo que no duda en compartir su fórmula mágica, una combinación de alegría individual y felicidad colectiva. O dicho de otro modo (arrimando el ascua a este blog): alegres en singular y felices en plural.

La certeza de que la felicidad no es asunto de uno solo comenzó hace unos años en el ámbito académico. Universidades como Harvard empezaron a introducir entre sus alumnos la idea de que estaban siendo educados para acceder a una vida plenamente satisfactoria no sólo para ellos, sino también para el resto del mundo. El reto estaba –y está- en diseñar la manera de convertir en realidad el deseo de bienestar individual y colectivo. Organizaciones políticas y sociales iniciaron también este camino, fascinados por la experiencia de Bután, el único país del mundo que mide la Felicidad Interior Bruta (con el resultado de pasar de la Edad Media a la Contemporánea en apenas unos años). Muy pronto, los países desarrollados comprobaron que los indicadores económicos no bastaban para describir el nivel de bienestar y que, además, medir el estado de un país en términos puramente económicos tenía efectos perversos: si sólo se medían aspectos económicos, sólo podían acometerse medidas económicas. Necesitábamos algo que diera sentido a las cifras.

Ese “algo” fue el primer mapa mundial de la felicidad de Adrian White, psicólogo analítico social de la Universidad de Leicester. White analizó datos publicados por la UNESCO, la Organización Mundial de la Salud  y otras instituciones para crear una proyección global de la felicidad. La macroencuesta constató la idea preconcebida de que una buena oferta sanitaria, un PIB alto y un buen acceso a la educación daban como resultado ciudadanos más felices. Dinamarca, Suiza y Austria copaban, de hecho, los tres primeros puestos del ránking. En posiciones más bajas de la tabla, compuesta por 178 registros, aparecen España, en el número 62, y Japón, en el 90, dos países del G20 antiguamente competitivos y, por lo que se ve, algo infelices.

Sin embargo, algo está cambiando. Los mapas de la felicidad o el Congreso de Coca Cola son muestras de que queremos y necesitamos sentirnos bien con nosotros mismos y con los demás. La cartografía de Adrian White es una importantísima radiografía del bienestar que ayuda a la sociedad a tomar decisiones. Por su parte, iniciativas como la de Coca Cola nos recuerdan que ser felices es un estado voluntario que podemos aprender a ejercitar. Aún hay algo más, la felicidad comienza a ser un objetivo prioritario en la búsqueda de la prosperidad perdida. Así lo ve Jeffrey Sachs, uno de los economistas más respetados del mundo, en El precio de la civilización, su nuevo libro, que llegará a España en mayo. La última meta de un ambicioso plan de objetivos propuesto para el periodo 2010-2020 es precisamente aumentar la felicidad de los ciudadanos. En sus propias palabras:

“La felicidad debería verse como el objetivo último de la sociedad: conseguir un mayor nivel de satisfacción en la vida de las generaciones actuales y futuras. Por eso, necesitamos mejores mediciones de lo que refuerza el nivel de satisfacción en la vida, que vayan más allá de los meros ingresos del mercado y que incluyan el ocio, una buena sanidad, un entorno seguro, y justicia y confianza en la sociedad”. Con estas pautas deberíamos empezar a trazar los mapas de nuestra felicidad. ¿Somos de verdad felices? ¿Qué nos falta? ¿A quién hacemos falta?

Y tú ¿vas a unirte a la búsqueda? ¿Te atreves a ser feliz?


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